Una de las cuestiones sobre las que siempre se habla, antes o después, cuando se llega a cuestiones de productividad y competitividad son las diferencias en cuanto al uso y distribución del tiempo que hay entre España y el resto del mundo, y en especial nuestro entorno cercano, Europa.
Cuando se habla de tiempo, siempre se llega a la misma conclusión, cuando los europeos ya están de vuelta, los españoles aún estamos yendo, debido a unos usos y costumbres, que sí, están muy bien en cuando a comodidad, calidad de vida, etc, pero cuando existe la posibilidad de que las empresas opten por instalarse en el Sudeste Asiático o en China, pues son cuestiones que habría que comenzar a matizar, ya que es cierto que la calidad de la comodidad a nuestros usos costumbres está muy bien, es la idiosincrasia local, pero, ¿de qué sirve si se está desempleado, o se ha tenido que cerrar la empresa por la fuerte presión exterior?.
Una forma básica de comenzar a cambiar esto, sería hacer un uso más racional del tiempo, empezando por los horarios. Comenzar la jornada de trabajo en torno a las seis de la mañana, sin interrupciones, con lo que entre las dos y las tres de la tarde se puede dar por concluida. Ya, esto implica el tener que ir a dormir muy temprano, tal vez a partir de las nueve de la noche, hora a la que durante una parte del año aún queda más de una hora de sol. ¿Pero a partir de las ocho de la tarde, excepto contadas excepciones, que lo que hace la mayoría de la gente? Nada, perder el tiempo, pues después de cenar llegan las horas de mayor audiencia de la televisión, y, salvo contadas excepciones, ya conocemos...
Otro elemento a tener en cuenta en esta reorganización de horarios, serian las reuniones de trabajo, que normalmente, en muchas empresas se celebran a última hora de la mañana o de la tarde, cuando ya los asistentes están cansados, hartos de trabajar, e incluso con algún compromiso posterior que hace que no presten excesiva atención, pues están pendientes de marcharse para no dar plantón las personas con quienes tengan esa otra cita. Las reuniones de trabajo deben ser a primera hora de la mañana, con todo el día por delante para que se puedan extender todo lo que sea preciso, y que los asistentes estén pendientes sólo de lo que en ellas se esté planteando. Una vez concluida, si es preciso tomar decisiones entorno a lo acordado en ella, se tiene a todas las personas que dependen del asistente para comenzar la organización de ese trabajo, y no tener que dejarlo para el día siguiente, en que pueden surgir nuevos imprevistos.
Las enternas comidas de trabajo. ¿Por qué una comida de trabajo debe durar tres o cuatro horas? Primero, hay que ir a ellas con las idea claras, con los resultados casi hechos, después de las negociones que hayan sido precisas en el despacho, para que la comida tan solo sea un acto formal, no el trabajo en sí mismo, este ya debe ir hecho, con lo que en una hora y media o dos horas, puedan estar concluidas. En segundo lugar, por la cuestión de su extensión en el tiempo, siempre es mejor, cuando sea posible, convertirlas en desayunos, de este modo todos los asistentes serán menos proclives a extenderlas en exceso, pues al ser a primera hora, aún queda mucho tiempo para planificar la agenda, y se irá a los asuntos concretos para concluir rápido y poder continuar con el trabajo de esa mañana.
La extensión de la jornada, no es nada extraño, pasar un día cualquiera por cualquier avenida, y ver a las ocho, las nueve o incluso las diez de la noche, por no decir horas más tardías, solitarias luces de oficinas en las que todavía permanece su inquilino resolviendo o adelantando trabajo, cuando el común de la plantilla hace horas que se ha marchado, y en el edificio, en su mayor parte a oscuras, tan solo queda este trabajador y el personal de seguridad. Otra situación que se erradicaría, en buena medida con lo anterior, pues posiblemente esa persona será una víctima de una reunión que comenzó a las seis de la tarde y terminó a las ocho y media, o de una comida de trabajo que empezó a las tres y media y terminó a las siete, y ahora, cuando ya no queda nadie, está preparando el trabajo del día siguiente, para pasárselo a su secretaria y ordenar como se debe hacer. Pero si las reuniones se hubieran celebrado a las ocho de la mañana, las nuevas necesidades habrían estado distribuidas a las once y media. Y esa persona no perdería horas de sueño, horas de ocio, horas con su familia, no se llevaría parte del trabajo a casa, a la mañana siguiente estaría más satisfecho, y no tendría un humor de mil demonios que afectaría negativamente a todos quienes estén bajo su supervisión, y con ello a la organización en su conjunto. Volviendo a empezar con una pescadilla que se muerde la cola.
A modo de conclusión, un mundo cada más competitivo, cada vez con más posibilidades de desarrollo, cada vez con más posibilidades de ocio… hay dos elementos muy a tener en cuenta para no quedar en el vagón de cola, por un lado la retribución variable, por objetivos, y por otro lado, una organización del tiempo más racional para su mejor aprovechamiento.

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